Gracias, Papá y Mamá

Debido a nuestra falta de madurez, los hijos solemos culpar a nuestros progenitores por el tipo de inseguridades, carencias y frustraciones que arrastramos desde la infancia y que se acentuaron durante la adolescencia. Les negamos nuestro cariño porque ellos no nos quisieron como nos hubiera gustado.
Sería maravilloso que todos los padres amaran a sus hijos como éstos necesitan. Pero no es así.

Olvidamos que nuestros padres y madres son seres humanos que también tienen sus propias heridas. Nos quejamos de nuestra mochila emocional cuando ellos cargan con una maleta bastante más pesada.

 

Nuestros progenitores lo han hecho lo mejor que han sabido y ésta es una lección de vida que muchos aprendemos bastante tarde; normalmente, cuando nos convertirnos en padres y comprendemos lo desafiante y agotador que puede ser educar a un hijo. Emanciparse emocionalmente de nuestros padres consiste en cortar definitivamente el cordón umbilical que nos mantiene atados a ellos. Depender de su aprobación dificulta que seamos libres para seguir nuestro propio camino en la vida.

Convertirse en una persona adulta implica haber resuelto nuestros traumas de la infancia. Por el contrario, el hecho de que sigamos en guerra con nuestros progenitores pone de manifiesto que seguimos sin sentirnos en paz con nosotros mismos.

La clave está en dejar de esperar “algo” de nuestros padres, incluyendo que nos acepten, que nos apoyen y que nos quieran. Así es cómo empezamos a aceptarnos y querernos, fortaleciendo la autoestima y confianza en nosotros mismos.

El indicador más fiable de que hemos conquistado la madurez emocional es que estamos agradecidos por todo lo que hemos recibido de nuestros padres. Es cierto que hay hijos que han heredado falta de afecto o de cariño o incluso malos tratos o deudas. Sin embargo, el viaje de la emancipación implica comprender que en cada problema o adversidad se esconde un aprendizaje oculto.Hace unos días alguien me decía: “Me gustaría saber qué tipo de toxicidad estoy transmitiendo a mis hijos”. Pero no podremos saberlo hasta que no pasen los años. De hecho, en realidad hagamos lo que hagamos, nuestros hijos crecerán con algún trauma por la manera en la que interpretaron las cosas que hicimos. Al llegar a la edad adulta debemos cuestionar esta interpretación que, durante años, hemos hecho de nuestra historia familiar. Eso nos acercará un poco más a nuestra libertad emocional.

Al comprender y perdonar los errores de nuestros padres, nos liberamos de ellos.

A partir de entonces, al mirar hacia atrás sólo vemos gratitud y cada vez que caminamos hacia delante, nuestro corazón se llena de confianza.

 

Nuestros padres llevan su propia mochila emocional, probablemente, mayor que la nuestra.


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